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Microhogares somáticos: habitar el cuerpo como lugar de seguridad

  • Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
    Iara Martínez de Oliveira
  • 23 ene
  • 3 Min. de lectura

Cada vez más personas expresan una sensación difícil de nombrar: no logran descansar, aunque estén quietas; no se sienten del todo en casa, incluso cuando están en su propio hogar.

Esta vivencia, frecuente en contextos de estrés prolongado, ansiedad o historia de trauma, no siempre se resuelve comprendiendo lo que ocurre a nivel mental.


Desde la psicoterapia corporal y el enfoque somático, la pregunta se desplaza hacia otro lugar:

¿cómo está viviendo el cuerpo esta experiencia? Y, sobre todo, ¿existe dentro del cuerpo algún punto de apoyo posible?


En este marco surge el concepto de microhogares somáticos. Se trata de pequeñas experiencias corporales de seguridad que permiten al sistema nervioso descansar momentáneamente de la alerta.

No son técnicas rígidas ni ejercicios estandarizados, sino momentos breves en los que el cuerpo se siente lo suficientemente sostenido como para no estar defendiéndose.

Un microhogar somático puede ser una sensación de peso en los pies, el contacto consciente de una mano, una exhalación que se alarga sola o un gesto corporal que devuelve cierta familiaridad.


El cuerpo evalúa de manera constante si el entorno es seguro o amenazante. Esta evaluación ocurre de forma automática, muchas veces al margen de la voluntad consciente. Cuando el sistema nervioso permanece activado durante largos periodos, incluso situaciones cotidianas pueden vivirse como exigentes o abrumadoras.

Los microhogares somáticos funcionan como señales internas de seguridad: no explican, no convencen, no fuerzan. Simplemente ofrecen al cuerpo una experiencia directa de sostén.


A diferencia de estrategias que buscan calmar rápidamente o “desconectar” de la sensación, el enfoque somático pone el acento en la presencia.

Un microhogar no implica irse del cuerpo, sino volver a él de forma gradual y respetuosa. Esta distinción es especialmente importante en personas con trauma relacional o trauma complejo, donde la desconexión corporal ha sido, en algún momento, una estrategia de supervivencia.

Aquí, el refugio no se construye alejándose de la experiencia, sino encontrando un lugar interno desde el cual esa experiencia pueda ser habitada sin desbordamiento.

Estos microhogares suelen ser sutiles. No aparecen desde la exigencia ni desde la corrección, sino desde la escucha.


El cuerpo muestra con bastante precisión qué es suficiente y qué no. Un movimiento pequeño, una postura que se acomoda, una respiración que encuentra su propio ritmo. Cuando estas experiencias se respetan en su tamaño real y se repiten en estados de relativa neutralidad, el sistema nervioso empieza a reconocerlas como familiares y accesibles.


En el contexto terapéutico, los microhogares somáticos ofrecen una base de regulación desde la cual es posible explorar emociones intensas, memorias corporales o estados de activación sin perder el anclaje en el presente.

No sustituyen el proceso terapéutico, pero lo sostienen. Con el tiempo, muchas personas descubren que estos recursos no quedan limitados al espacio de consulta, sino que pueden acompañarlas en la vida cotidiana: en una conversación difícil, en momentos de ansiedad, en situaciones de cansancio o sobrecarga.


Este enfoque transforma también la idea de hogar. Ya no como un lugar exclusivamente externo, estable o garantizado, sino como una experiencia interna que puede cultivarse incluso en contextos imperfectos.

Un microhogar somático no promete bienestar constante, pero sí una relación más habitable con la propia experiencia corporal y emocional.


En una sociedad donde la desconexión corporal y la hiperactivación son cada vez más frecuentes, recuperar estos pequeños refugios internos es una forma profunda de regulación y cuidado.

El cuerpo, cuando se le escucha sin exigencias, suele saber cómo volver a casa.











 
 
 

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