Somnolencia cuando baja la actividad: una mirada clínica desde la regulación
- Iara Martínez de Oliveira
- hace 4 días
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A algunas personas les ocurre lo mismo: cuando la actividad disminuye, aparece un sueño repentino, una sensación de apagado o una desconexión difícil de evitar.
Suele pasar en momentos de silencio, con tareas monótonas, al parar después de un día intenso o incluso dentro del espacio terapéutico.
Esta experiencia suele vivirse con culpa o desconcierto. “No debería darme sueño”, “algo me pasa”, “no consigo relajarme bien”.
Sin embargo, desde una mirada clínica y psicocorporal, la somnolencia en contextos de baja actividad no suele indicar desinterés ni falta de voluntad, sino una forma aprendida de regulación del sistema nervioso.
Cuando bajar el ritmo no lleva a la calma
En un sistema nervioso con una regulación flexible, al disminuir la estimulación externa aparece una calma habitable: el cuerpo se relaja sin perder presencia. Pero esto no siempre ocurre así.
En muchas personas, al bajar la actividad no se llega a la calma, sino a un estado de hipoactivación: el cuerpo se vuelve pesado, la mente se nubla y la atención se pierde.
No es descanso, es apagado.
Esto es especialmente frecuente en personas que han vivido durante mucho tiempo en estados de alta exigencia, alerta o sobrecarga emocional.
El sistema aprende a funcionar bien solo cuando hay activación suficiente.
Cuando esta desaparece, no sabe quedarse en el medio.
Somnolencia como forma de protección
En algunos casos, el adormecimiento cumple una función protectora.
El cuerpo reduce la activación para no entrar en contacto con sensaciones internas difíciles de sostener: vacío, incertidumbre, emociones no expresadas o un contacto relacional más profundo.
Desde fuera puede parecer relajación, pero internamente es una retirada.
El cuerpo se desconecta porque, en algún momento de la historia de la persona, esa fue la forma más segura de atravesar ciertos estados.
Entender esto cambia por completo el enfoque terapéutico: no se trata de “quitar el sueño”, sino de escuchar qué está evitando el sistema al apagarse.
El problema no es la baja actividad, sino el salto brusco
Otro elemento clave es el desajuste entre la demanda de la tarea y el nivel de activación que el sistema necesita para mantenerse presente.
Algunas actividades son demasiado pobres en estímulo para ciertos sistemas nerviosos: no activan lo suficiente la atención, el cuerpo ni la motivación.
El resultado no es aburrimiento consciente, sino desconexión fisiológica. Esto se observa con frecuencia en personas con ansiedad de alto funcionamiento, TDAH o perfiles neurodivergentes.
Qué no suele ayudar
Cuando aparece la somnolencia, es habitual intentar contrarrestarla forzando la activación o imponiendo más control.
Sin embargo, algunas estrategias tienden a empeorar el problema:
· Forzarse a “aguantar” el estado
· Interpretarlo como resistencia o desinterés
· Aplicar relajación profunda de forma precoz
· Exigir quietud o silencio prolongado
Estas respuestas suelen aumentar el colapso o reforzar la desconexión.
Claves terapéuticas para el abordaje
Nombrar lo que pasa
Poner palabras a la experiencia reduce la autocrítica y genera seguridad.
Comprender que el cuerpo no está fallando, sino regulándose como sabe, ya tiene un efecto estabilizador.
Activar sin sobreestimular
El trabajo no consiste en espabilarse, sino en elevar ligeramente la activación para que el sistema no caiga en apagado.
Pequeños ajustes corporales suelen ser suficientes:
· Cambiar de postura
· Presionar los pies contra el suelo
· Activar las manos con movimiento o contacto
· Orientar brevemente la mirada al entorno
No se busca intensidad, sino presencia.
Trabajar en ondas
Alternar momentos de baja estimulación con breves activaciones permite al sistema aprender que puede permanecer presente sin necesidad de apagarse. Este trabajo progresivo amplía la ventana de tolerancia y reduce la somnolencia automática.
Explorar la secuencia del apagado
Cuando la persona aprende a detectar las señales previas (la pesadez inicial, el calor, la pérdida de foco...), la somnolencia deja de ser algo que “pasa de golpe” y se convierte en una experiencia consciente y regulable.
Mientras el sistema nervioso aprende nuevas formas de regularse, conviene ajustar los contextos de baja actividad. No siempre es útil exigir calma absoluta.
A veces, una actividad tranquila con un leve input sensorial resulta más reguladora que el silencio total.
También es importante diferenciar descanso de colapso. El descanso real deja mayor claridad y sensación de reparación. El colapso deja embotamiento.
Pequeñas rutinas de movimiento, luz natural y ritmo ayudan a elevar la activación basal y hacen que las pausas sean más tolerables.
Una idea para integrar
La somnolencia cuando baja la actividad no es el problema, sino el mensaje.
Habla de cómo ese sistema nervioso aprendió a sobrevivir y regularse.
El trabajo terapéutico no busca eliminarla, sino ampliar las opciones entre la hiperactivación constante y el apagado.
En ese espacio intermedio aparece una calma que no desconecta, sino que permite estar.




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