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Cambiar de opinión también es salud

  • Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
    Iara Martínez de Oliveira
  • hace 5 días
  • 2 Min. de lectura

Existe una idea muy arraigada que dice que, una vez tomada una decisión, hay que sostenerla cueste lo que cueste.

El famoso “a lo hecho, pecho” suele presentarse como una virtud moral, como sinónimo de coherencia, responsabilidad o fortaleza.

Sin embargo, desde una mirada psicológica, muchas veces esta consigna no habla de salud, sino de rigidez.


No todas las decisiones se toman desde el mismo lugar interno.

Algunas nacen desde la calma, la reflexión y el contacto con una misma. Otras, en cambio, surgen desde el enfado, la herida, la reacción o la necesidad urgente de protegerse.

En estos estados, el sistema nervioso está activado y el margen de elección real se reduce. Decidir desde ahí es lo posible en ese momento, aunque probablemente no lo mejor.

Lo problemático no es tanto la decisión en sí, sino la exigencia de que sea definitiva, inamovible, incuestionable.


Cambiar de opinión no invalida lo que sentiste entonces, no significa que seas incoherente, significa que ahora estás en otro punto: con más información, más perspectiva, más regulación emocional, o más conexión contigo.

Rectificar no es traicionarte; muchas veces es, precisamente, dejar de hacerlo.


La moral rígida confunde coherencia con inmovilidad.

Como si sostener una elección pasada fuera más importante que escuchar lo que ocurre dentro ahora.

Sin embargo, la coherencia auténtica no es estática, es dinámica: es un proceso vivo, que implica revisarse, escucharse de nuevo, actualizarse y reajustar.


Mantener una decisión que ya no resuena solo por orgullo, culpa, miedo al juicio... suele generar un coste interno alto: tensión corporal persistente, rumiación mental, resentimiento, desgaste emocional o una sensación silenciosa de autoabandono.


Hay personas que sienten una gran responsabilidad ética por sus actos y palabras. Personas que se exigen ser justas, congruentes, impecables. En ellas, cambiar de opinión puede vivirse como algo peligroso: como si implicara ser poco fiable, egoísta o moralmente incorrecta.

Pero una ética saludable no se construye desde el castigo interno, sino desde la honestidad. Y la honestidad incluye reconocer cuándo algo ya no es verdadero para ti.


Una ética viva es flexible. Permite decir: “Esto tuvo sentido entonces, desde ese estado, con esos recursos. Hoy, con lo que sé y con cómo estoy, elegiría distinto”.


Eso no es debilidad; es madurez emocional. Cambiar de opinión (especialmente cuando una decisión fue tomada desde el enfado) es un movimiento de regulación y cuidado.


Cambiar de opinión (especialmente cuando una decisión fue tomada desde el enfado, la reactividad o el dolor) no es un fallo del carácter, sino un movimiento de salud.

Es una señal de que el sistema interno ya no está en modo defensa, sino en modo presencia.


Tal vez la pregunta importante no sea si estás siendo fiel a una decisión pasada, sino si estás siendo fiel a ti hoy.




 
 
 

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