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Tu valor no se mide en resultados

Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
Iara Martínez de Oliveira
28 ago
8 min de lectura

Vivimos en una cultura que nos enseña, muchas veces sin decirlo explícitamente, que nuestro valor tiene que demostrarse.

Si consigues el trabajo, eres competente. Si te eligen, eres suficiente. Si tienes pareja, eres deseable. Si tienes éxito, has hecho las cosas bien. Si te reconocen, significa que vales.

Y si algo sale mal, aparece rápidamente la otra cara de la moneda:

“Quizá no soy tan bueno.”“No estoy a la altura.”“He fracasado.”“Los demás se darán cuenta de que no valgo.”


El problema no está en querer conseguir cosas, mejorar o alcanzar objetivos. El problema aparece cuando empezamos a utilizar esos resultados como una medida de nuestro valor personal.


Porque una cosa es que algo no te salga bien y otra muy distinta es que tú seas alguien que no vale.


Y aunque intelectualmente parezca una diferencia sencilla, para muchas personas no lo es en absoluto. Porque esa asociación no vive únicamente en el pensamiento. También puede estar profundamente instalada en el cuerpo.


Cuando el resultado se convierte en un veredicto sobre ti

Imagina que haces una presentación importante y no sale como esperabas.

Una posibilidad es pensar:

“No ha salido bien. Puedo revisar qué ha pasado, aprender y volver a intentarlo.”

Otra posibilidad es:

“No ha salido bien. Soy un desastre. No estoy preparado. Los demás pensarán que no soy suficientemente bueno.”


El acontecimiento externo es el mismo.

Lo que cambia es la historia que construyes alrededor de él.

En el segundo caso, el resultado deja de ser simplemente información sobre una situación concreta y se convierte en una especie de sentencia sobre quién eres.

Y ahí es donde merece la pena intervenir.


Porque intervenir en la narrativa de valor personal no significa negar los resultados externos. No significa decirnos que todo lo hacemos bien, que somos maravillosos o que cualquier resultado da igual.


Significa aprender a separar dos cosas que con frecuencia hemos aprendido a mezclar:

“Esto que ha ocurrido”de“Esto dice quién soy”.

No es lo mismo.


Tu narrativa de valor personal

Todos tenemos una historia interna acerca de quiénes somos.

No siempre es consciente. A veces incluso funciona en segundo plano.

Soy una persona responsable. Soy alguien que cuida de los demás. Soy perseverante. Soy creativo. Soy capaz de aprender. Soy una persona íntegra. Cuando me equivoco, intento repararlo...

Esta narrativa se va construyendo a partir de nuestras experiencias, relaciones, aprendizajes y decisiones.


Y aquí hay algo importante: tu valor personal puede estar relacionado con cómo eres y cómo eliges actuar, no solamente con lo que consigues.


Puedes perder un trabajo y seguir siendo una persona responsable.

Puedes suspender un examen y seguir siendo capaz de aprender.

Puedes recibir una crítica y seguir teniendo dignidad.

Puedes fracasar en un proyecto y seguir siendo alguien perseverante.

Puedes no gustarle a alguien y seguir siendo una persona valiosa.


El resultado aporta información. No tiene por qué convertirse en una definición.

El peligro de poner el valor en manos de los resultados

Cuando nuestro valor depende demasiado de lo externo, nuestra autoestima se vuelve muy vulnerable.

Si las cosas salen bien, nos sentimos bien con nosotros mismos.

Pero si salen mal, todo se tambalea.

Es como si entregáramos el mando de nuestra autoestima a las circunstancias:

“Si me aprueban, valgo.” “Si me eligen, valgo.” “Si me reconocen, valgo.” “Si consigo este objetivo, valgo.”

Y entonces necesitamos que el mundo nos confirme constantemente que somos suficientes.


El problema es que el mundo no es precisamente un lugar conocido por su estabilidad.

Hoy pueden felicitarte y mañana criticarte.

Hoy puedes conseguir ese puesto y dentro de unos meses perderlo.

Hoy alguien puede admirarte y mañana dejar de hacerlo.

Si tu valor depende de esa confirmación, vivirás en una especie de montaña rusa emocional.


Subes con el reconocimiento y bajas con el rechazo.

Y eso puede ser agotador.

Esto no significa que los resultados no importen

Aquí conviene hacer una aclaración.

Desvincular el valor personal del resultado no significa dejar de evaluar los resultados.

Si algo sale mal, podemos mirar qué ocurrió.

Podemos asumir nuestra responsabilidad.

Podemos aprender.

Podemos modificar una conducta.

Podemos pedir disculpas.

Podemos mejorar nuestras habilidades.

Podemos reconocer que quizá necesitamos prepararnos más.

Todo eso es saludable.

Lo que cambia es la conclusión final.


No: “He cometido un error → soy un fracaso.”

Sino: “He cometido un error → hay algo que puedo revisar, aprender o reparar.”

No: “No me han elegido → no soy suficientemente bueno.”

Sino: “No me han elegido → este resultado no define mi valor. Puedo preguntarme qué puedo aprender de esta experiencia.”

La diferencia parece pequeña. Psicológicamente, no lo es.


Y aquí aparece el cuerpo

Desde una mirada psicocorporal, no basta siempre con cambiar una frase.

Porque puedes decirte mentalmente: “Mi valor no depende de los resultados.”

Y, sin embargo, notar que tu pecho se cierra, el abdomen se contrae, los hombros se elevan y la respiración se vuelve superficial cuando alguien te evalúa.

El cuerpo puede seguir actuando como si estuvieras ante un examen permanente.

Por eso trabajar la narrativa de valor personal también implica llevar esa nueva experiencia al cuerpo.

No se trata únicamente de pensar diferente.

Se trata de experimentar, poco a poco, que puedes permanecer contigo mismo incluso cuando el resultado no es el que esperabas.

Que puedes respirar.

Sentir el suelo.

Mantener tu postura.

Notar la incomodidad.

Y no convertir esa incomodidad en una prueba de que no vales.


Una pregunta que puede cambiar mucho las cosas

La próxima vez que algo no salga como esperabas, prueba a preguntarte:

“¿Qué ha ocurrido y qué estoy concluyendo sobre mí a partir de lo ocurrido?”

Son dos preguntas diferentes.

Por ejemplo:

¿Qué ha ocurrido?“No me han seleccionado para el puesto.”

¿Qué estoy concluyendo sobre mí?“Que no soy suficientemente competente.”

Ahí aparece el lugar de intervención.

Porque quizá puedas revisar la primera afirmación.

Pero también puedes cuestionar profundamente la segunda.

Que no te hayan seleccionado no demuestra que no seas competente.

Puede significar muchas cosas: que había otro perfil, que necesitaban otra experiencia, que hubo una decisión subjetiva, que no era el momento, que necesitabas desarrollar alguna habilidad...

El resultado puede ser información.

No tiene por qué ser identidad.


Ejercicio psicocorporal: reconocer tu valor más allá de los resultados

Este ejercicio puede ayudarte a empezar a separar ambas cosas: lo que ocurre fuera y la historia que construyes sobre ti.

Busca unos minutos en un lugar tranquilo.

Empieza por el cuerpo

Siéntate o ponte de pie.

No necesitas adoptar una postura perfecta. Simplemente busca una posición suficientemente estable y cómoda.

Siente los pies en contacto con el suelo.

Deja que la espalda se alargue sin ponerse rígida.

Suelta un poco los hombros.

Respira tres veces lentamente.

Y durante unos instantes recorre tu cuerpo:

pies, piernas, pelvis, abdomen, pecho, brazos, cuello y cabeza.

No necesitas cambiar nada.

Solo observar.

Pregúntate: ¿Cómo está mi cuerpo ahora mismo?


Detecta dónde entregas tu valor

Piensa en una situación reciente en la que hayas sentido que tu valor dependía de un resultado.

Puede ser una evaluación, una relación, una entrevista, un proyecto, una decisión de otra persona, una publicación en redes, un examen...

Y completa: “Siento que valgo cuando...”

Después: “Siento que dejo de valer cuando...”

Observa qué aparece.

Quizá sea: “Cuando me reconocen.”

“Cuando hago las cosas perfectamente.”

“Cuando alguien me elige.”

“Cuando consigo lo que me propongo.”

“Cuando nadie está decepcionado conmigo.”

No intentes corregirlo todavía.

Primero hay que poder verlo.


Escucha la frase que aparece detrás

Ahora identifica qué te dices cuando el resultado no es el esperado.

Puede ser:

“No soy suficientemente bueno.”

“He decepcionado a todos.”

“No estoy a la altura.”

“No sirvo para esto.”

“Si fallo, van a dejar de valorarme.”

Y mientras aparece esa frase, observa el cuerpo.

¿Qué ocurre con tu respiración?

¿Dónde aparece tensión?

¿Tu postura cambia?

¿Te haces pequeño?

¿Aprietas la mandíbula?

¿Te hundes?

No necesitas modificarlo inmediatamente.

Simplemente reconoce:

“Así se organiza mi cuerpo cuando siento que mi valor está en juego.”


Separa el hecho de la identidad

Ahora formula dos frases.

Primero: “El hecho es...”

Y describe únicamente lo ocurrido, sin interpretaciones.

Después: “La historia que estoy construyendo sobre mí es...”

Por ejemplo:

El hecho es: “No me han elegido para el proyecto.”

La historia es: “No soy suficientemente bueno.”

Esta separación puede ser profundamente liberadora.

Porque te permite empezar a ver que el hecho y la interpretación no son lo mismo.


Busca tu valor en la manera de estar, no solamente en el resultado

Ahora recuerda dos o tres momentos de tu vida en los que hayas actuado desde algo que valoras.

No tienen que ser grandes logros.

De hecho, es mejor que no lo sean.

Quizá ayudaste a alguien.

Quizá pusiste un límite.

Quizá perseveraste cuando estabas cansado.

Quizá reconociste un error.

Quizá fuiste honesto aunque te resultara incómodo.

Quizá cuidaste de alguien.

Quizá pediste ayuda.

Quizá seguiste adelante después de algo difícil.

Pregúntate: “¿Qué cualidad mía estuvo presente ahí?”

Puede ser: valentía, honestidad, sensibilidad, perseverancia, responsabilidad, cuidado, creatividad, coherencia, curiosidad...

Ahora no te limites a recordarlo mentalmente.

Deja que el cuerpo participe.

¿Cómo estaba tu postura en aquel momento? ¿Cómo respirabas? ¿Cómo mirabas? ¿Qué sensación había en tu pecho, abdomen o piernas?


Permite que esa experiencia tenga un poco de espacio en tu cuerpo.

Y reconoce: “Esto también soy yo.”

No solamente el resultado.

También la persona que estuvo ahí.


Una práctica de cinco minutos

Si no tienes tiempo para hacer el ejercicio completo, puedes utilizar una versión breve.

Un minuto: cuerpo.

Siente los pies.

Alarga suavemente la columna.

Respira.

Observa dónde estás sosteniendo tensión.

Un minuto: identifica.

Piensa en algo que te esté haciendo sentir que tu valor depende de un resultado.

Nómbralo: “Ahora mismo siento que mi valor depende de...”

Un minuto: separa.

Pregúntate: “¿Qué ha ocurrido realmente y qué estoy concluyendo sobre mí?”

Distingue el hecho de la interpretación.

Un minuto: recuerda.

Piensa en una situación en la que hayas actuado con integridad, valentía, esfuerzo o sensibilidad.

Reconoce esa cualidad.

Siente cómo cambia tu postura al conectar con ella.

Un minuto: ancla.

Puedes colocar una mano sobre el pecho o simplemente sentir el contacto de los pies con el suelo.

Respira.

Y formula una frase que puedas creer y sentir:

“Lo que ocurre no define quién soy.”

“Puedo aprender de mis resultados sin convertirlos en un juicio sobre mi valor.”

“Mi valor no necesita ser demostrado constantemente.”

No busques sentirte extraordinariamente bien.

Busca algo más sencillo: sentirte un poco más contigo.


Tu valor no necesita resultados para existir

Quizá el objetivo no sea llegar a pensar: “Nada de lo que ocurra me afecta.”

Eso tampoco sería realista.

Claro que nos importa que las cosas salgan bien.

Claro que duele el rechazo.

Claro que queremos reconocimiento.

Claro que podemos sentir orgullo cuando conseguimos algo.

La cuestión es otra: ¿Puedes disfrutar de tus logros sin necesitarlos para sentir que vales?, ¿puedes aceptar una crítica sin convertirla en una condena personal?, ¿puedes equivocarte y seguir estando de tu lado?, ¿puedes perder algo sin sentir que te has perdido a ti mismo?

Ahí hay una diferencia importante.

Porque construir un valor personal más estable no significa dejar de querer crecer.

Significa poder crecer sin estar constantemente intentando demostrar que mereces existir, ser querido o ser suficiente.

Tus resultados pueden cambiar.

Las opiniones de los demás pueden cambiar.

Tus circunstancias pueden cambiar.

Incluso tú vas a cambiar muchas veces a lo largo de tu vida.

Pero hay algo que podemos ir construyendo:

la capacidad de seguir reconociendo nuestro valor mientras atravesamos todos esos cambios.

Y quizá una de las formas más profundas de autoestima no sea decir: “Soy valioso porque consigo cosas.”

Sino poder sentir, incluso cuando algo sale mal: “Esto me afecta. Esto me duele. Esto quizá me enseñe algo. Pero sigo estando aquí. Y sigo siendo yo.”



 
 
 

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