¿Más infantil porque todavía toma teta? Cuando confundimos necesidad de apoyo con falta de autonomía
Hay una idea que aparece con frecuencia cuando un niño continúa tomando pecho, necesita mucho contacto físico o busca a su adulto cuando llora:
«Por eso es más infantil».
«No madura porque todavía toma teta».
«Si siempre le calmas, nunca aprenderá a calmarse solo».
«Hay que dejarle un poco para que aprenda».
«Mientras siga dependiendo tanto de ti, no va a avanzar».
Son afirmaciones que pueden sonar intuitivas.
Pero que algo nos resulte intuitivo no significa que describa correctamente cómo se desarrolla la autonomía.
Porque hay una pregunta previa que merece la pena hacerse:
¿Estamos confundiendo dependencia con necesidad de apoyo?
Y, sobre todo ¿Estamos confundiendo autonomía con no necesitar a nadie?
La autonomía no consiste en dejar de necesitar
Un niño que todavía necesita que le acompañen cuando está triste no necesariamente es menos autónomo.
Un niño que busca brazos cuando está cansado no necesariamente es menos maduro.
Un niño que pide pecho para calmarse no necesariamente está «atrasado».
Un niño que necesita a su adulto para regularse no necesariamente tiene menos capacidad de autorregulación.
En los primeros años, precisamente, la autorregulación se construye en relación.
El niño pequeño no nace sabiendo regular sus emociones.
Necesita experimentar una y otra vez que alguien puede ayudarle a organizar estados de miedo, frustración, cansancio, excitación o tristeza.
A esto lo llamamos corregulación.
Y, progresivamente, aquello que inicialmente se regula con otro puede convertirse en un recurso propio.
Por eso corregulación y autonomía no son opuestos.
La corregulación es uno de los caminos hacia la autonomía.
«Si siempre le calmas, no aprenderá a calmarse»
Frase estrella, que se repite muchas veces, y que merece una revisión profunda.
Porque presupone que para aprender a regularse hay que dejar de recibir regulación.
Sería parecido a decir «Si siempre enseñas a un niño cuando no sabe algo, nunca aprenderá».
No esperamos que un niño aprenda matemáticas negándole ayuda.
No esperamos que aprenda a leer diciéndole «Resuélvelo solo porque ya deberías saber».
No pensamos que un niño vaya a desarrollar coordinación motora mejor si retiramos toda asistencia antes de que pueda sostenerse.
En muchos aprendizajes, primero existe apoyo externo.
Después, progresivamente, ese apoyo se internaliza.
Con la regulación emocional ocurre algo parecido.
Primero «Me ayudas a calmarme».
Después «Me recuerdas cómo puedo calmarme».
Más adelante «Sé qué puedo hacer cuando me siento así».
Y progresivamente «Puedo regularme por mí mismo».
La autonomía no aparece necesariamente porque retiramos la ayuda.
Muchas veces aparece porque hemos ofrecido suficiente ayuda de una manera suficientemente sensible como para que el niño pueda ir construyendo sus propios recursos.
Pero entonces, ¿cuándo aprenderá a hacerlo solo?
Esta pregunta es comprensible.
Y la respuesta es cuando pueda hacerlo.
No tiene un cronómetro existencial, el peque va con sus propios ritmos, no con ritmos prefijados.
Por lo que ,muy probablemente, no cuando un adulto considere que «ya debería».
Porque una cosa es la edad cronológica y otra la capacidad de regulación disponible en un momento concreto.
Un niño puede ser perfectamente capaz de hacer algo cuando está tranquilo y necesitar ayuda cuando está:
cansado;
enfermo;
sobreestimulado;
asustado;
frustrado;
en un entorno desconocido;
atravesando un cambio;
separado de sus figuras de apego;
emocionalmente desbordado.
La capacidad no desaparece.
El acceso a esa capacidad puede cambiar según el estado del organismo.
Y esto también nos ocurre a los adultos.
Piénsalo, un adulto que sabe perfectamente gestionar sus emociones puede necesitar apoyo después de una pérdida.
Puede necesitar un abrazo, hablar con alguien, puede necesitar ser sostenido en su llorar...
Puede necesitar que alguien le diga «Estoy aquí».
¿Diríamos por ello que ese adulto es infantil? Probablemente no.
Entonces, ¿por qué aplicamos un criterio diferente a los niños?
«Siempre le calmas»: el error de confundir consuelo con ausencia de límites
Acompañar emocionalmente a un niño no significa darle siempre lo que quiere.
Esta distinción es fundamental.
Podemos consolar y mantener un límite, podemos validar el llanto y mantener el «no», podemos acompañar una rabieta sin cambiar nuestra decisión, podemos abrazar a un niño que está enfadado porque no puede conseguir algo y, al mismo tiempo, mantener la norma.
Por ejemplo "Sé que estás muy enfadado. Querías seguir jugando y se ha terminado. Estoy aquí contigo".
El mensaje no es "Si lloras, conseguirás lo que quieres", el mensaje es "Puedes sentir esto y yo puedo acompañarte mientras lo atraviesas".
La emoción puede ser acogida aunque la conducta tenga límites.
Y esto es muy diferente de la permisividad.
Podemos validar una emoción sin eliminar la frustración
Un niño puede estar enfadado y no conseguir lo que quiere.
Puede llorar y el adulto mantener el «no», puede estar frustrado y tener que esperar, puede sentirse decepcionado y no recibir aquello que pide.
La regulación no consiste en hacer desaparecer inmediatamente el malestar, consiste en poder atravesarlo sin quedar solo ni desbordado por él.
Podemos sostener el límite y la relación.
Podemos sostener la frustración y la seguridad.
Podemos sostener el «no» y el abrazo.
No necesitamos elegir.
El aprendizaje no deseado: «Cuando me duele, estoy solo»
Cuando un niño está llorando, angustiado o frustrado y el mensaje repetido es: «Ya eres mayor», «Tienes que aprender a calmarte», «No voy a ir porque tienes que acostumbrarte», «Si siempre te consuelo, nunca aprenderás», «mientras llores no te haré caso»... podemos estar intentando enseñar autorregulación.
Pero el niño puede estar aprendiendo otra cosa.
Puede aprender «Cuando me duele, estoy solo», «cuando necesito consuelo, molesto», «necesitar a alguien es ser pequeño», «tengo que ocultar mis emociones para ser mayor», «cuando estoy vulnerable, no puedo contar con los demás».
Ese aprendizaje no estaba en nuestro objetivo. Pero forma parte de la experiencia.
Por eso conviene preguntarnos ¿Qué estamos enseñando además de aquello que pretendíamos enseñar?
Porque un niño no solamente aprende de nuestras explicaciones.
También aprende de lo que ocurre repetidamente cuando está vulnerable.
Podemos enseñar autonomía sin enseñar soledad
Esta distinción es fundamental: autonomía no significa soledad.
Podemos enseñar a un niño a hacer algo por sí mismo, sin enseñarle que tiene que atravesar el dolor por sí mismo.
Podemos decir «Sé que puedes hacerlo y voy a estar aquí», «Puedes intentarlo tú. Si te cuesta, te acompaño», «No voy a hacerlo por ti, pero tampoco voy a dejarte solo con esto».
Esto transmite simultáneamente «Confío en ti», y «Puedes contar conmigo».
La meta de la autonomía no debería ser «No necesito a nadie» sino «Puedo hacer muchas cosas por mí mismo y también sé cuándo necesito apoyo».
Eso no es dependencia. Es competencia.
Tomar pecho con 3 años no significa ser «más infantil»
Existe una idea bastante extendida de que, llegado determinado momento, el niño debería dejar el pecho porque «ya es mayor», y que continuar lactando después del año, o especialmente después de los dos años, sería una señal de dependencia o inmadurez.
Pero no existe una edad universal a partir de la cual tomar pecho deje de ser apropiado porque el niño ya sea «demasiado mayor».
La Academia Americana de Pediatría (AAP) recomienda la lactancia exclusiva aproximadamente durante los primeros seis meses, seguida de alimentación complementaria y continuación de la lactancia hasta los 2 años o más, mientras sea mutuamente deseada por la madre y el niño. La Organización Mundial de la Salud (OMS) también recomienda continuar la lactancia hasta los 2 años o más, junto con la alimentación complementaria.
Y hay algo importante en ese «o más». Los dos años no son una fecha de caducidad.
No significa «Hasta los 2 años es saludable y al día siguiente deja de serlo».
Significa que estas recomendaciones reconocen que la lactancia puede continuar más allá de esa edad cuando sigue siendo una experiencia deseada y adecuada para ambos.
Por tanto, si una madre y un niño de 3 años quieren continuar con la lactancia, el hecho de que ese niño tenga 3 años no convierte automáticamente la lactancia en algo infantilizante, perjudicial o incompatible con la autonomía.
Un niño de tres años puede tomar pecho y, al mismo tiempo explorar, jugar, aprender, desarrollar lenguaje, relacionarse con otras personas, ir a la escuela infantil, desarrollar autonomía, aprender normas y límites, tomar decisiones acordes a su edad, tolerar progresivamente la frustración, separarse de sus figuras de apego cuando es necesario, o desarrollar nuevas estrategias de regulación.
Tomar pecho no detiene ninguno de esos procesos.
El niño no tiene que elegir entre «seguir tomando teta» y «crecer».
Puede seguir creciendo mientras toma pecho.
Puede ser cada vez más autónomo y seguir queriendo ese espacio de contacto.
Puede pasar muchas horas explorando el mundo y volver a buscar el pecho cuando necesita descansar, conectar, relajarse o simplemente disfrutar de ese momento con su madre.
Puede necesitarlo mucho unos días y menos otros.
Puede ir abandonándolo progresivamente por iniciativa propia.
Y puede llegar un momento en que deje de quererlo.
No necesitamos convertir ese proceso en una carrera hacia la independencia.
¿Y si tiene 3, 4 años o más?
Tampoco deberíamos convertir una cifra concreta en un criterio de madurez.
Que un niño tenga 3 años y siga tomando pecho no nos dice, por sí mismo, cómo está su desarrollo emocional, cognitivo o social.
Del mismo modo, saber que un niño de 3 años ya no toma pecho tampoco nos permite concluir que sea más autónomo, más maduro o que tenga una mejor regulación emocional.
La duración de la lactancia no es una escala de madurez.
No podemos establecer «Este niño es más maduro porque dejó el pecho antes».
Ni «Este niño es menos autónomo porque todavía lo toma».
Para valorar el desarrollo tenemos que mirar al niño en su conjunto, no utilizar una única conducta como medida de madurez.
Y también hay que tener en cuenta a la madre
«Mientras sea mutuamente deseada» significa precisamente eso por ambos.
Respetar la lactancia prolongada no significa que una madre tenga que seguir dando el pecho si ya no quiere.
Una madre puede querer continuar, y puede querer destetar.
Puede querer limitar determinadas tomas, puede querer dejar las tomas nocturnas, puede necesitar poner límites porque está cansada, porque le resulta incómodo o simplemente porque siente que ha llegado el momento.
Y puede hacerlo.
El bienestar y los límites de ambos importan.
La cuestión es que la decisión de destetar no tiene que justificarse diciendo que el niño necesita dejar el pecho para poder madurar.
Porque son cosas diferentes.
Una familia puede decidir destetar porque ya no quiere continuar.
Eso es completamente legítimo.
Lo que no necesitamos hacer es convertir el destete en una condición psicológica para que el niño «avance».
La falsa idea de que para crecer hay que renunciar al apoyo
A veces imaginamos el desarrollo como una escalera
necesidad → independencia → autonomía → ya no necesita a nadie.
Pero el desarrollo humano no funciona exactamente así.
Incluso los adultos necesitamos vínculos.
Necesitamos apoyo, necesitamos consuelo, necesitamos pertenecer, necesitamos poder descansar en otros cuando estamos agotados.
La madurez no consiste en no necesitar.
Consiste, entre otras cosas, en poder reconocer lo que necesitamos, pedirlo y utilizar nuestros recursos para afrontar aquello que podemos afrontar.
Por eso un niño puede ser cada vez más autónomo y seguir buscando a su madre.
Puede dormir en su propia cama y querer contacto antes de dormir.
Puede vestirse solo y pedir ayuda cuando está triste.
Puede pasar horas jugando sin su madre y necesitar sus brazos cuando se cae.
Puede ir al colegio y llorar cuando vuelve.
Puede explorar el mundo y regresar a su figura de apego.
Esto no es una contradicción, es parte del desarrollo.
Explorar y volver
Una imagen especialmente útil para comprender el desarrollo infantil es la del niño que se aleja para explorar y vuelve a su figura de referencia cuando necesita seguridad.
Se aleja, explora, descubre.
Se encuentra con una dificultad, vuelve, se regula, y vuelve a salir.
La seguridad no impide la exploración. Puede hacer posible la exploración.
Cuando un niño sabe que puede volver, no necesita permanecer permanentemente pegado.
Y cuando un niño todavía necesita volver muchas veces, eso no significa necesariamente que no esté avanzando.
Significa que su proceso de exploración y autonomía sigue desarrollándose.
No todo lo que parece dependencia es dependencia
Un niño que pide brazos no necesariamente es dependiente.
Un niño que pide pecho no necesariamente es dependiente.
Un niño que llora buscando a su madre no necesariamente es dependiente.
Un niño que necesita ayuda para regularse no necesariamente es dependiente.
Y, sobre todo necesitar apoyo no es lo mismo que no desarrollar autonomía.
La pregunta importante es otra ¿El niño va ampliando progresivamente sus capacidades mientras mantiene la posibilidad de recurrir a sus figuras de confianza?
Porque la autonomía no se mide por cuántas veces un niño rechaza ayuda.
Se observa en muchas otras cosas ¿Explora?, ¿juega?, ¿se atreve a probar?, ¿desarrolla habilidades?, ¿toma pequeñas decisiones?, ¿tolera progresivamente la frustración?, ¿puede pedir ayuda?, ¿puede volver a intentarlo después de equivocarse?, ¿va ampliando sus recursos?.
Eso nos dice mucho más sobre su desarrollo que si todavía toma pecho o pide brazos.
No necesitamos quitar una estrategia para enseñar otras
A veces pensamos «Si sigue tomando pecho, nunca aprenderá otra forma de calmarse».
Pero podemos enseñar otras formas sin convertir la retirada del pecho en el requisito previo.
Podemos ofrecer «¿Quieres brazos?», «vamos a respirar juntos», «¿quieres que me quede contigo?», «¿nos tiramos juntos al suelo», «vamos a buscar tu osito», «¿quieres que te cuente un cuento?», «Estoy aquí»...
El repertorio puede crecer.
Y con el tiempo el niño puede utilizar diferentes estrategias en diferentes contextos.
Desarrollar nuevas herramientas no exige necesariamente destruir las anteriores.
La madurez no se mide por cuánto dejamos de necesitar
Hemos construido una imagen de la madurez basada muchas veces en la renuncia: No necesitar brazos, no llorar cuando pasa algo, no pedir ayuda, no tomar pecho, dormir solo, resolver los problemas solo, no necesitar consuelo, no depender de nadie.
Pero si lleváramos esta definición a la vida adulta, resultaría absurda.
¿Consideramos más madura a una persona porque nunca pide ayuda?
¿Porque no llora delante de nadie?
¿Porque nunca necesita consuelo?
¿Porque no puede apoyarse en otras personas?
Probablemente no.
La madurez incluye flexibilidad: saber cuándo puedo solo, saber cuándo necesito ayuda, poder pedirla, poder recibirla, y poder volver a hacerlo por mí mismo cuando estoy preparado.
Acompañar no es impedir crecer
Acompañar a un niño cuando llora no significa decirle «Tú no puedes», sino «sé que puedes aprender a atravesarlo y, mientras lo haces, no tienes que hacerlo solo».
Dar pecho no significa necesariamente «No estás preparado para crecer», sino simplemente «esta sigue siendo una forma de contacto y regulación que existe en nuestra relación».
Y llegará un momento en que esa necesidad cambie.
O quizá cambie de forma.
Porque el desarrollo no consiste en ir eliminando necesidades una a una hasta convertirnos en seres completamente independientes.
Consiste en ampliar nuestras capacidades y nuestro repertorio.
No necesitamos empujar para que crezca
Algún día ese niño dejará de pedir pecho, de pedir brazos, de necesitar que le acompañemos para dormirse, de llorar cuando nos alejamos. Quizá deje de buscarnos cuando algo le duele.
Pero no necesitamos apresurar ese proceso para demostrar que está creciendo.
Podemos confiar en que el desarrollo seguirá su curso mientras ofrecemos las condiciones necesarias para que pueda desplegarse.
Y cuando llegue ese momento, no habremos conseguido que «madure» a base de quitarle aquello que necesitaba.
Habremos podido acompañarle mientras crecía desde la seguridad hacia una autonomía cada vez mayor.
Porque quizá la pregunta no sea «¿Cómo conseguimos que deje de necesitarnos?»
sino «¿Cómo podemos acompañarle de manera que, poco a poco, pueda necesitar menos ayuda sin aprender que necesitar ayuda es algo malo?»
Y esto cambia completamente la mirada.
Porque un niño no se vuelve más maduro porque deje de llorar cuando estamos ahí.
No se vuelve más autónomo porque deje de pedir brazos.
No se vuelve más competente porque aprenda a soportar solo su angustia.
Y no se vuelve menos infantil simplemente porque siga tomando pecho.
La madurez no consiste en dejar de necesitar.
Consiste en ir ampliando progresivamente la capacidad para afrontar la vida, pudiendo utilizar tanto los propios recursos como el apoyo de los demás cuando sea necesario.
Y el mensaje que más queremos que un niño interiorice no es «Ya eres mayor, tienes que poder solo» sino «Confío en que vas a crecer. No necesito empujarte a dejar de necesitarme para demostrarlo», «Puedes explorar», «Puedes volver», «Puedes llorar», «Puedes pedir ayuda», «Puedes aprender», «Puedes ir haciéndolo cada vez más tú».
Y, sobre todo «crecer no significa que tengas que dejar de necesitar amor, contacto y consuelo».
Fuentes y estudios
American Academy of Pediatrics (2022). Policy Statement: Breastfeeding and the Use of Human Milk. La AAP recomienda lactancia exclusiva aproximadamente hasta los 6 meses y continuarla, junto con alimentación complementaria, hasta los 2 años o más, mientras sea mutuamente deseada por madre y niño.
World Health Organization (OMS). Recomendaciones sobre lactancia materna: lactancia exclusiva durante los primeros 6 meses y continuación junto con alimentación complementaria hasta los 2 años o más.
Linde, K. et al. (2020). The association between breastfeeding and attachment: A systematic review. Midwifery, 81, 102592. Revisión sistemática sobre lactancia y apego. Los resultados no permiten establecer una relación causal sencilla entre duración de la lactancia y seguridad del apego.
Feldman, R. (2007). Parent-infant synchrony and the construction of shared timing: Physiological precursors, developmental outcomes, and implications for development. Mind, Brain, and Education, 1(2), 61–73. Trabajo relevante sobre sincronía y procesos de regulación en las interacciones cuidador-niño.
Murray, D. W. et al. Investigación sobre corregulación y desarrollo de la autorregulación durante la primera infancia.
Una precisión importante
No sería científicamente correcto afirmar: «La lactancia prolongada hace que los niños sean más autónomos».
La evidencia no permite establecer una relación causal tan sencilla.
Pero tampoco es correcto afirmar: «La lactancia prolongada hace que los niños sean más infantiles o impide que maduren».
Las recomendaciones pediátricas actuales no consideran la lactancia más allá del primer año como incompatible con un desarrollo saludable. La AAP apoya explícitamente continuarla hasta los 2 años o más si madre y niño lo desean.
La idea que sí podemos defender con mucha más seguridad es esta: la necesidad de apoyo, contacto y corregulación durante la infancia no debe confundirse automáticamente con falta de autonomía.
Y tampoco deberíamos convertir la retirada del apoyo en una prueba de madurez.
Porque un niño puede estar creciendo mientras todavía necesita ser sostenido.
Y quizá precisamente porque ha sido sostenido de forma suficientemente segura, podrá algún día sostenerse a sí mismo.




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