Si no puedes relajarte en vacaciones, probablemente viviste con estrés
- Iara Martínez de Oliveira
- 15 jun
- 2 min de lectura
Hay personas que esperan las vacaciones durante meses y, cuando por fin llegan, sorpresa, no sienten alivio.
Se sienten inquietas, irritables, vacías o incluso más cansadas que antes.
Les cuesta desconectar, no saben qué hacer con tanto tiempo libre, necesitan mantenerse ocupadas o sienten una extraña sensación de incomodidad cuando intentan descansar.
Y entonces aparece la culpa.
"Debería estar disfrutando", "debería aprovechar estos días", "debería sentirme mejor", etc. y muchas veces el problema no es que no sepas descansar.
Es que tu cuerpo aprendió a sobrevivir en tensión.
Cuando has pasado mucho tiempo viviendo con estrés, preocupaciones, exigencia constante o estando pendiente de todo y de todos, el sistema nervioso se acostumbra a funcionar en alerta.
La activación deja de sentirse excepcional y se convierte en lo normal.
Por eso, cuando por fin llega la calma, el cuerpo no siempre la interpreta como algo agradable, o positivo.
A veces la vive como algo desconocido, e incluso inseguro.
Quizá creciste escuchando que descansar era perder el tiempo.
Quizá aprendiste que había que estar siempre produciendo, resolviendo problemas o anticipándose a lo que podía salir mal.
Quizá bajar la guardia tuvo consecuencias y tu organismo entendió que relajarse no era una opción.
Entonces, aunque las circunstancias hayan cambiado, el cuerpo sigue funcionando como si tuviera que mantenerse preparado.
Y cuanto más intentas obligarte a relajarte, más evidente se vuelve que no puedes hacerlo.
Por eso no te propongo que pases de cien a cero de golpe.
No necesitas relajarte perfectamente, ni hay una núnica forma de hacerlo.
Necesitas darle a tu sistema nervioso experiencias pequeñas y repetidas de seguridad.
Ejercicio que te propongo: microdescanso seguro
Una o dos veces al día, reserva solo dos minutos.
Siéntate donde estés, no pongas música, no mires el móvil, no hagas nada.
Simplemente nota cómo tu cuerpo está apoyado sobre la silla, el sofá o la cama.
Observa tu respiración sin intentar cambiarla.
Y pregúntate:
¿Qué estoy sintiendo ahora mismo en mi cuerpo?
Quizá aparezca tranquilidad.
Quizá aburrimiento.
Quizá inquietud o incluso ganas de levantarte inmediatamente.
No intentes cambiar nada.
Solo observa.
Si la incomodidad aparece, recuerda que no significa que estés haciendo algo mal. Muchas veces es la señal de un sistema nervioso que está aprendiendo algo nuevo.
El objetivo no es sentir paz inmediata. El objetivo es que tu cuerpo descubra, poco a poco, que parar no siempre implica peligro. Que no tienes que ganarte el descanso.
Que no hace falta estar agotada para permitirte descansar.
Y que la calma también puede convertirse en un lugar conocido.




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