¿Por qué no puedo relajarme aunque todo vaya bien?
- Iara Martínez de Oliveira
- 22 jun
- 4 min de lectura
Hay personas que llevan años deseando llegar a un momento concreto de su vida.
Terminar una etapa difícil, salir de una relación dolorosa, conseguir estabilidad económica, encontrar una vivienda asequible, tener un trabajo más tranquilo, resolver un problema familiar...
Y cuando por fin llegan ahí, cuando aquello que tanto les preocupaba parece haberse ordenado, descubren algo desconcertante: No consiguen relajarse.
Su mente sigue buscando problemas, su cuerpo continúa en tensión, aparece una inquietud difícil de explicar,... como si hubiera algo malo a punto de ocurrir.
Entonces surge la pregunta: "¿Qué me pasa? Si ahora todo está bien, ¿por qué no puedo disfrutarlo?"
La respuesta suele tener menos que ver con la situación actual y más con cómo ha aprendido a funcionar el sistema nervioso.
Cuando el peligro se convierte en costumbre
Nuestro sistema nervioso está diseñado para ayudarnos a sobrevivir. Cuando detecta una amenaza, moviliza recursos para protegernos: aumenta la atención, prepara los músculos, acelera determinadas funciones y nos mantiene alerta.
Es una respuesta extraordinariamente útil cuando existe un peligro real.
El problema aparece cuando vivimos durante mucho tiempo en situaciones de estrés, incertidumbre o amenaza emocional.
No hace falta que haya violencia física ni grandes acontecimientos traumáticos.
Puede ocurrir en familias impredecibles, en relaciones donde nunca sabes cómo reaccionará la otra persona, en entornos donde te critican constantemente o incluso esa crítica y autoexigencia vienen de ti, en situaciones donde has tenido que estar pendiente de todo para evitar conflictos...
Cuando esto sucede durante meses o años, el sistema nervioso aprende una lección:"Estar alerta me ayuda a estar seguro."
Y lo aprende tan bien que acaba funcionando así incluso cuando el peligro ya no está presente, por si acaso.
El cuerpo que sigue esperando algo malo
Muchas personas creen que la ansiedad es simplemente preocuparse demasiado.
Pero en realidad suele ser algo mucho más profundo.
A veces la mente no está creando preocupación, solo está intentando dar sentido a un estado corporal de activación que ya existe.
El cuerpo sigue preparado para actuar, y por eso aparecen pensamientos como:
"Seguro que algo se me está escapando."
"Esto es demasiado bueno para ser verdad."
"No debería confiarme."
"Algo acabará saliendo mal."
No porque exista una amenaza real.
Sino porque el organismo se ha acostumbrado a vivir en modo protección.
La calma resulta extraña.
Y lo extraño suele interpretarse como inseguro y peligroso.
La hipervigilancia: cuando descansar parece arriesgado
La hipervigilancia es un estado en el que una parte de nosotros permanece constantemente observando.
Escaneando.
Buscando señales de peligro.
Es como si el sistema nervioso tuviera un radar de peligro funcionando las veinticuatro horas.
Algunas personas están pendientes del estado emocional de quienes les rodean, otras analizan continuamente sus propias sensaciones físicas, o revisan una y otra vez posibles problemas futuros...
Muchas ni siquiera son conscientes de hacerlo, simplemente sienten que no pueden desconectar. Que siempre hay algo pendiente, algo que controlar, algo que prever.
Y cuando intentan descansar aparecen sensaciones incómodas, inquietud, nerviosismo, impaciencia, incluso culpa.
Porque durante mucho tiempo la vigilancia se convirtió en una estrategia de supervivencia.
La dificultad de sentir seguridad
Una de las cosas más difíciles de comprender es que la seguridad no es una idea.
Es una experiencia corporal.
No basta con saber racionalmente que estamos bien, el sistema nervioso necesita sentirlo.
Y sentir seguridad puede resultar sorprendentemente complicado para quienes han pasado mucho tiempo adaptándose al peligro.
Porque la seguridad implica bajar defensas, soltar control, dejar de anticipar.
Y si durante años la vigilancia fue necesaria, aflojar puede vivirse como algo arriesgado.
Por eso algunas personas se sienten más cómodas en el estrés que en la calma.
No porque disfruten sufriendo, sino porque su organismo conoce mejor ese territorio.
La tensión resulta familiar, me sé manejar en ella, la tranquilidad en cambio no.
Cuando todo va bien y aun así aparece malestar
Muchas veces las personas llegan a consulta diciendo:
"No entiendo qué me pasa. Mi vida está mejor que nunca y, sin embargo, me siento inquieta."
Y precisamente ahí suele aparecer una clave importante.
Cuando dejamos de sobrevivir, empiezan a aparecer cosas que antes estaban tapadas por la urgencia.
El cuerpo ya no tiene que dedicar toda su energía a resistir.
Y entonces comienza a mostrar cansancio, emociones pendientes, miedo o vulnerabilidad.
No es que estés empeorando, ocurre exactamente lo contrario.
Tu sistema nervioso empieza a tener suficiente espacio para mostrar aquello que llevaba mucho tiempo sosteniendo.
Aprender que la calma también es segura
La relajación no suele aparecer porque nos obliguemos a relajarnos, tampoco porque nos repitamos que todo está bien.
El sistema nervioso necesita experiencias repetidas de seguridad. Momentos en los que pueda comprobar que no ocurre nada malo cuando baja la guardia.
Que puede descansar, que puede sentir, que puede estar presente. Sin necesidad de prepararse constantemente para una amenaza.
Es un aprendizaje progresivo.
Y, para muchas personas, profundamente terapéutico.
Porque no consiste en eliminar la alerta.
Consiste en que el organismo descubra que ya no necesita vivir permanentemente dentro de ella.
Un pequeño ejercicio de observación
La próxima vez que aparezca un momento de calma, prueba a detenerte unos instantes.
Quizá estés sentado en el sofá, tomando un café paseando, escuchando música, o simplemente disfrutando de unos minutos sin obligaciones.
Observa qué ocurre dentro de ti, sin intentar cambiar nada.
Pregúntate:
¿Qué siento en el cuerpo cuando todo está tranquilo?
¿Aparece la necesidad de hacer algo inmediatamente?
¿Surge alguna preocupación de forma automática?
¿Me cuesta permanecer en este momento?
¿Hay alguna parte de mí que sigue buscando problemas?
No trates de corregirlo.
Solo obsérvalo.
Porque muchas veces el primer paso para recuperar la capacidad de relajarnos no es forzar la calma.
Es reconocer cuánto tiempo llevamos viviendo sin sentirnos realmente seguros.
Y comprender que nuestro cuerpo no está fallando.
Simplemente está intentando protegernos con estrategias que un día fueron necesarias, aunque hoy ya no lo sean.




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