Cuando llevas demasiado tiempo buscando una salida
Hay momentos en los que uno no necesita que le digan que todo irá bien.
Tampoco necesita que le recuerden todas las cosas buenas que tiene, que le digan que piense en positivo o que le enumeren razones para estar agradecido.
A veces, sencillamente, uno está cansado de estar mal y de intentar encontrar una forma de dejar de estarlo.
Y cuando llevas un tiempo así, puede ocurrir algo que merece la pena entender: poco a poco, empiezas a ver menos posibilidades.
No necesariamente porque hayan desaparecido.
Sino porque tu manera de mirar está cada vez más condicionada por el cansancio, la frustración y el propio malestar.
Cuando «no encuentro una salida» empieza a convertirse en «no hay salida»
No es lo mismo.
Pero cuando estamos muy saturados, ambas cosas pueden empezar a sentirse iguales.
Puedes saber que existen alternativas y, aun así, no ser capaz de imaginarlas como algo realmente posible para ti.
Puedes pensar:
«Ya sé lo que tendría que hacer, pero no puedo hacerlo.»
«Ya sé cuáles son las opciones, pero ninguna me sirve.»
«¿Y para qué voy a intentarlo si al final voy a seguir igual?»
Y entonces aparece una conclusión mucho más grande: «No hay salida.»
El problema es que esa conclusión puede sentirse como un hecho objetivo cuando, en realidad, también está influida por el estado desde el que estás intentando pensar.
Cuando necesitas una solución que lo arregle todo
Cuando algo nos duele mucho, es comprensible que queramos una solución que haga desaparecer el dolor.
No queremos una solución que mejore una parte.
Queremos que termine el problema.
Y ahí puede aparecer una trampa bastante común: si una alternativa no consigue solucionar todo, sentimos que no sirve para nada.
Si no puedo cambiar completamente mi situación, ¿para qué cambiar algo?
Si voy a seguir sintiéndome mal, ¿qué sentido tiene hacer ningún esfuerzo?
Si ninguna decisión consigue que todo esté bien, entonces ninguna decisión parece suficientemente buena.
Pero la vida rara vez funciona con soluciones de ese tipo.
Muchas veces no se trata de encontrar una opción que haga desaparecer el problema, sino de conseguir que el problema deje de ocupar todo el espacio.
Y eso es diferente.
Cuando todo empieza a mezclarse
Otra cosa que puede ocurrir cuando llevamos demasiado tiempo mal es que las cosas dejan de estar separadas.
Un problema concreto empieza a sentirse como un problema con todo.
Una decepción puede convertirse en «La gente es así.»
Una etapa difícil puede convertirse en «Mi vida es esto.»
Un conflicto puede convertirse en «Siempre acaba pasando lo mismo.»
Y algo que está ocurriendo ahora puede empezar a sentirse como una predicción de lo que ocurrirá siempre.
Es una especie de efecto de ampliación: lo que duele ocupa cada vez más espacio hasta que cuesta recordar que también existe todo lo demás.
No porque lo demás haya desaparecido.
Sino porque ahora mismo cuesta acceder a ello.
La mezcla de enfado y tristeza
A veces tampoco estamos simplemente tristes.
Estamos enfadados, muy enfadados.
Con alguien, con una situación, con nosotros mismos, con la vida, con todo lo que sentimos que hemos tenido que aguantar.
Y el enfado puede dar una sensación momentánea de fuerza «Pues que le den a todo.», «No necesito a nadie.», «Paso de todo.»...
Pero debajo del enfado puede seguir estando la tristeza.
Y cuando ambas cosas se retroalimentan, es fácil entrar en un bucle:
me duele → me enfado → rechazo → me quedo más solo → me siento peor → me enfado todavía más.
Desde ahí, aislarse puede parecer una solución perfecta.
Si nadie está cerca, nadie decepciona.
Si no necesito a nadie, nadie puede fallarme.
Si me alejo de todo, dejo de estar expuesto a aquello que me hace daño.
Y sí, a veces necesitamos bajar el ruido, descansar y tomar distancia.
Pero hay una diferencia importante entre tomar distancia para recuperar espacio y construir una vida alrededor de evitar todo aquello que puede hacernos daño.
Una cosa puede ayudarnos a recuperarnos.
La otra puede terminar haciéndonos cada vez más pequeños.
No todo lo que necesitas ahora tiene que ser una solución definitiva
Quizá este sea uno de los cambios más difíciles cuando llevamos mucho tiempo mal.
Aceptar que el siguiente paso no tiene por qué resolver nuestra vida.
Puede simplemente hacer que mañana sea un poco más llevadero.
Puede ser recuperar una actividad que habíamos dejado.
Volver a hablar con alguien, dormir, acariciar a tu mascota o un peluche, salir a caminar, salir al parque a respirar y hacer fotos, sacar todos tus cacharros de manicura y ponerte a ello, pintar, coser, bailar, ponerte con un café y un libro debajo de tu mantita caliente, pedir ayuda, poner un límite...
Dejar de tomar una decisión importante en el peor momento posible.
O sencillamente conseguir unas horas en las que el problema no ocupe toda nuestra cabeza.
Nada de eso constituye «la solución».
Pero puede ser parte de recuperar el espacio desde el que podremos tomar mejores decisiones.
A veces primero hay que recuperar perspectiva
Cuando estamos muy metidos dentro de un problema, pensar más y más no siempre nos acerca a una respuesta.
A veces necesitamos salir un poco de la lógica de «¿Cómo hago para que esto desaparezca?» y empezar a preguntarnos «¿Qué está haciendo que ahora mismo todo me parezca tan definitivo?»
No para convencernos de que estamos equivocados, ni para negar lo que está pasando, ni tampoco para obligarnos a ver el lado bueno.
Sino para poder distinguir algunas cosas que, cuando estamos saturados, se mezclan lo que está ocurriendo ahora, lo que estamos interpretando sobre lo que ocurre, las expectativas que tenemos, los códigos que tenemos sobre lo que debería ser o no ser, lo que podemos cambiar, lo que no podemos cambiar, lo que necesitamos aceptar, y lo que todavía podemos construir.
Esa distinción puede parecer pequeña, pero cambia mucho.
No ver una salida no significa que no exista
Quizá ahora mismo no veas ninguna.
Puede que incluso hayas pensado mucho en ello y estés convencido de que ya has agotado las posibilidades.
No hace falta que te obligues a sentir esperanza.
Tampoco tienes que convencerte de que todo va a salir bien.
Pero quizá sí puedas dejar una pequeña cosa sin cerrar «Ahora mismo no veo cómo salir de aquí.». En lugar de «No hay forma de salir de aquí.»
Parece una diferencia mínima, pero en absoluto lo es.
La primera describe cómo estás viendo las cosas hoy.
La segunda convierte ese estado en una sentencia.
Y cuando llevamos demasiado tiempo sufriendo, quizá una de las cosas más importantes no sea encontrar inmediatamente la salida.
Quizá sea dejar de dar por hecho que, porque ahora mismo no conseguimos verla, no existe.




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