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AMAR Y CONOCER MI CUERPO

  • Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
    Iara Martínez de Oliveira
  • 15 jun
  • 5 min de lectura

Hay una forma de sufrimiento muy silenciosa que no siempre se nombra como tal: la relación con el propio cuerpo.

No suele aparecer de golpe, ni se presenta como un problema evidente.

Se va instalando poco a poco en forma de exigencia, de comparación, de juicio automático, hasta que un día te das cuenta de que vives dentro de un cuerpo al que no terminas de mirar con amabilidad.


Muchas personas no han aprendido a habitar su cuerpo, sino a evaluarlo, a medirlo, a corregirlo mentalmente incluso cuando no lo están tocando.

Como si el cuerpo fuera un proyecto pendiente en lugar de un lugar donde vivir.

Y en ese proceso, algo se pierde: la posibilidad de escucharlo.


El cuerpo no funciona igual todos los días. Tiene ritmos, ciclos, variaciones.

Días de expansión y días de recogimiento. Días de claridad mental y días de niebla interna.

Sin embargo, vivimos en una cultura que empuja a funcionar siempre igual, como si la energía fuera lineal, como si la mente tuviera que estar siempre disponible y el ánimo siempre estable.

Cuando eso no ocurre, aparece la sensación de fallo.

Pero el cuerpo no está fallando. Está hablando.


Aprender a escucharlo implica algo que al principio puede parecer simple, pero que en realidad es profundamente transformador: observar.

No intervenir. No corregir. Solo notar.

Cómo duermo, cómo me siento al despertar, qué pasa con mi energía a lo largo del día, cómo cambia mi concentración, cómo se mueve mi emoción.

Empezar a ver patrones donde antes solo había desconexión.


Y cuando esa observación se sostiene en el tiempo, aparece algo aún más interesante: el ciclo.

Muchas mujeres cuando observan su ciclo menstrual, por ejemplo, ven que el cuerpo no solo cambia día a día, sino que sigue una lógica interna mucho más amplia.

Hay momentos en los que la energía se vuelve más hacia dentro, más reflexiva, más emocional. Y otros en los que se abre hacia fuera, con más impulso, más sociabilidad, más acción. Ninguna de esas fases es mejor que la otra, pero durante mucho tiempo hemos intentado vivir solo en una de ellas, como si el resto fueran errores que hay que corregir.


Esto no es exclusivo o solo aplicable a mujeres y ciclo menstrual. Aunque aquí lo estemos describiendo a través de ese lenguaje porque hace más visible la idea de ritmos internos, la realidad es que todos los cuerpos funcionan de forma cíclica en algún nivel.

También los hombres experimentan variaciones de energía, de estado emocional, de motivación, de claridad mental y de necesidad de recogimiento o expansión.

Lo que cambia no es la existencia del ritmo, sino que muchas veces no se nos ha enseñado a escucharlo.

Durante mucho tiempo se ha promovido la idea de que “lo normal” es rendir igual todos los días, como si el cuerpo fuera una máquina lineal, cuando en realidad es un sistema vivo que fluctúa.

Reconocer esto no es una cuestión de género, sino de biología y de humanidad compartida: todos los cuerpos cambian, todos los cuerpos tienen fases, y todos los cuerpos se benefician de ser escuchados en lugar de forzados.


Quizá el problema no es que cambie cómo te sientes, sino que nunca te enseñaron a planificarte teniendo en cuenta cómo te sientes.


Cuando empiezas a respetar esos ritmos, algo cambia.

No porque el cuerpo se vuelva perfecto, sino porque deja de ser un enemigo. Empiezas a entender que descansar no es rendirse, que bajar el ritmo no es fracasar, que la sensibilidad no es debilidad, que la energía no siempre está disponible para lo mismo.

Y desde ahí aparece una forma distinta de organización vital, más honesta, más ajustada a lo real.

Pero para llegar ahí hay un paso previo que suele ser el más difícil: dejar de pelearte con el cuerpo.


Porque muchas personas no viven en su cuerpo, viven contra su cuerpo.

Contra su forma, contra su piel, contra su textura, contra su volumen, contra su respuesta.

Y esa guerra interna es tan constante que acaba ocupando espacio mental que podría dedicarse a vivir. Por eso, el primer cambio real no suele ser físico, sino lingüístico.

La forma en la que te hablas.


No es lo mismo decir “odio mis brazos” que empezar a decir “mis brazos me permiten abrazar, sostener, cargar, tocar”. No porque haya que forzarse a pensar positivo, sino porque el lenguaje construye la relación. Y un cuerpo del que solo se habla en términos de defecto acaba convirtiéndose en un lugar incómodo incluso cuando está funcionando bien.


Cambiar el lenguaje no significa negar lo que no te gusta. Significa dejar de reducirte a ello.

A veces el punto de partida más realista no es el amor, sino la neutralidad.

Mirarte sin insultarte. Describir tu cuerpo como lo describirías a alguien que no te está viendo. Cabello, piel, forma, movimiento. Sin adjetivos de juicio. Solo hechos. Parece simple, pero en una mente entrenada en la crítica esto ya es un cambio radical. Porque introduce algo nuevo: distancia entre lo que eres y lo que te dices que eres.


Y desde esa distancia, poco a poco, puede aparecer algo distinto. No una aceptación forzada, sino una forma de cuidado.


Cuidar el cuerpo no empieza con grandes gestos. Empieza con microdecisiones que, repetidas, reescriben la relación.

Elegir descanso cuando hay agotamiento. Elegir comida que nutre en lugar de castigo. Elegir ropa que no duele. Elegir revisarte en el médico cuando toca, en lugar de posponerlo. Elegir contacto amable: una ducha lenta, una crema puesta sin prisa, un abrazo a uno mismo que no suena raro cuando deja de ser simbólico y se vuelve habitual.

Incluso la forma en la que te tocas importa.

Porque durante mucho tiempo se nos enseña a tocar el cuerpo solo desde la corrección o la prisa, pero no desde el cuidado. Y reaprender eso es parte del proceso de reconciliación.


Hay algo muy importante en todo esto: el cuerpo no necesita ser amado para empezar a ser cuidado.

A veces es al revés. El cuidado sostenido es el que acaba generando vínculo. Igual que ocurre en muchas relaciones humanas, la conexión no siempre precede al gesto; a veces el gesto crea la conexión.


Y entonces empieza a cambiar la experiencia interna. No porque el cuerpo haya cambiado, sino porque la relación con él ha dejado de ser una lucha constante.


Quizá no se trata de tener otro cuerpo. Quizá se trata de dejar de vivir como si el propio fuera un lugar equivocado. Y empezar, poco a poco, a habitarlo como lo que siempre ha sido: el único espacio donde realmente ocurre tu vida.



 
 
 

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