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TAL CORSET: cuando una mujer decide dejar de gustar a la norma social y gustarse a ella misma

  • Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
    Iara Martínez de Oliveira
  • 20 feb
  • 4 Min. de lectura

En Corea del Sur hay algo que impresiona cada vez más, la cara funciona como documento y como un pase.

Si cuadras con X ideales estéticos adelante, si no cuadras adiós.

No es metáfora. Foto en el currículum, filtros estándar para solicitudes, cirugías regaladas al graduarse, rutinas de cuidado que ocupan más tiempo que el desayuno….


Y algo muy triste es que no se trata de vanidad, se trata de supervivencia social.

Algunas mujeres hartas de esta situación, de que se defina su valor por estética, de no poder ser ellas mismas en su propio cuerpo, de que todos se crean con derecho a opinar sobre su cuerpo según convenciones estéticas que no tienen por qué coincidir con sus gustos, hartas de que se les exijan cambios físicos peligrosos muchas veces y una alarma constante para estar perfectas,… han dicho basta.


Dejaron de maquillarse, destrozaron sus paletas y kits en señal de rebeldía, se raparon el pelo,… se salieron completamente del rol marcado. Dejaron de participar en esa rueda de hámster.


A eso lo llamaron Tal corset: quitarse el corsé.

 

Lo importante no es el maquillaje

Desde fuera parece una estética natural: menos productos, pelo sin arreglar, ropa cómoda.

Pero no va de belleza natural. Va de negarse a optimizarse.


Porque allí maquillarse no es un gesto expresivo. Es el equivalente a presentarse aseado a una entrevista.


El problema no era pintarse. Era que no pintarse tenía consecuencias. Y las tiene.

 

Así que algunas empezaron a subir vídeos rompiendo cosméticos.

No porque el maquillaje fuera malo. Sino porque era obligatorio.

 

Se interpretó como abandono, pero no están renunciando al cuidado, están cambiando el destinatario, no importa si tú crees que cuadro o no en lo que consideras importante (estética X) me importa lo que YO considero relevante.

Me alimento, me hidrato, hago ejercicio, cuido todo lo que puedo cuidar de mí, por y para mí, no para agradar al otro.

El objetivo es el autocuidado no el éxito social encorsetado y deshumanizado.

Al parar de exigirse todo esto empezaron a entrar experiencias positivas, tener tiempo mental, silencio, no estar constantemente escaneándose y vigilándose… y aceptar su propia imagen como parte de ellas, sin necesitar pintar un cuadro, sin nada más que ser.

Menos pensamiento constante sobre la propia cara, menos autoobservación, menos cálculo social… más presencia.

Gran parte de su energía psíquica estaba dedicada a gestionar cómo eran vistas. Ahora la podían dedicar a lo que realmente era importante para cada una.

 

Verse no es evaluarse

Hemos normalizado el mirarnos para ver defectos. Con la excusa de corregir, optimizar, mejorar, suavizar, afinar… pero no con el objetivo de solo observar, o incluso valorar.

Estas mujeres no dejan de mirarse, dejan de hacerse un tercer grado cada vez que se miran al espejo.

El rostro deja de ser un escaparate, es biografía, es identidad, son raíces, es real.

Nuestros rasgos no son solo genética, son geografía, historia familiar, mezcla, tiempo, personalidad, tiempo, experiencias,… no son un defecto a editar, son continuidad vital, son tú.

 

Cuidarse ya no significa gustar

El gran malentendido: pensar que cuidarse es acercarse al ideal dominante.

Pero cuidarse también puede ser no violentarse para encajar.

El tal corset no rechaza la belleza.

Rechaza que la valía dependa de coincidir con un estándar que ni siquiera todas comparten.

Ahí está el gesto valiente: no pedir ampliar el molde, sino cuestionar por qué existe.

 

Por qué molestó tanto

Cuando alguien no participa en la estética obligatoria ocurre algo curioso: muchos lo viven como provocación.

Porque la norma se ha normalizado tanto que parece elección personal.

Entonces aparece la frase: “arreglarse es quererse”.

 

Ellas responden con el cuerpo: quererse también puede ser no corregirse constantemente.

Y eso confronta. No por fealdad. Por autonomía.

 

Cuando una persona abandona una norma invisible, la vuelve visible.

La reacción fue (y es) dura: burlas, rechazo laboral, acusaciones de radicalismo, rechazo a “esas mujeres que no quieren arreglarse y verse femeninas” como si eso fuese un ataque y una ofensa…

No porque estuvieran “feas”, sino porque rompían un acuerdo tácito:  todas competimos en el mismo tablero. Si alguien deja de competir, el tablero aparece.

 

El mensaje no es “todas somos bonitas”.

Es más incómodo: tal vez no deberíamos tener que ser bonitas para estar tranquilas

No ampliar el canon. Bajarle el volumen.

 

De objeto visible a sujeto que habita

Cosificar no siempre es insultar.

A veces es reducir la identidad a legibilidad estética.

El tal corset es negarse a que la cara sea una tarjeta de valor social.

Es reclamar el derecho a existir sin tener que justificar la apariencia.

No buscan invisibilidad.

Buscan presencia propia.

 

El verdadero corsé

El corsé antiguo deformaba el cuerpo.

El moderno ocupa la mente.

 

No aprieta las costillas, aprende a hablar dentro de tu cabeza, y guiar tus pensamientos, acciones, emociones y tu vida en general.

Y lo más radical del tal corset no es cómo se ven. Es que ya no están pensando todo el tiempo en cómo se ven.

Eso, hoy, es revolucionario.

 

El cambio real

No están dejando de cuidarse.

Se están cuidando por primera vez sin intermediarios.

 

Se reconocen en sus rasgos, en sus cuerpos funcionales, en lo heredado y en lo vivido.

 

Y eso exige valentía: porque implica sostener la mirada ajena cuando deja de aprobar.

El gesto no dice “no quiero verme”.


Dice:  "quiero ser yo quien me vea primero"



 
 
 

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