Egoísmo sano: aprender a volver a ti sin dejar de estar para los demás
- Iara Martínez de Oliveira
- 15 abr
- 3 Min. de lectura
Hay una palabra que en consulta aparece mucho… y casi siempre con culpa: egoísmo.
“Me siento egoísta por querer esto.”
“Sé que debería pensar más en los demás.”
“No quiero ser egoísta…”
Y sin embargo, cuando rascamos un poco, lo que suele haber no es egoísmo. Es cansancio, es sobrecarga, es una vida demasiado volcada hacia fuera.
Cuando cuidarte parece hacer daño
Muchas personas han aprendido —sin darse cuenta— que cuidarse tiene un precio: decepcionar, incomodar o dejar de ser “buena persona”.
Así que hacen lo contrario.
Atienden. Ceden. Se adaptan. Llegan.
Y durante un tiempo, incluso funciona. Hay reconocimiento, hay sensación de estar haciendo “lo correcto”.
Pero poco a poco empieza a pasar algo:
aparece irritabilidad
se acumula el cansancio
cuesta disfrutar
los demás empiezan a “molestar”
Y entonces llega la culpa… otra vez.
El momento clave (que muchas veces pasa desapercibido)
No es cuando dices que sí. Es cuando dices que sí queriendo decir no.
Ahí es donde empieza la desconexión.
Porque en ese gesto pequeño (casi invisible) estás dejando de escucharte.
Y cuando eso se repite, tu cuerpo lo nota antes que tú: tensión, saturación, apatía, enfado…
No es egoísmo, es desajuste
Hay algo importante que suele cambiarlo todo cuando se entiende: No atenderte no te hace más generoso/a. Te hace más reactivo/a.
Cuando no te cuidas:
necesitas más del otro (aunque no lo veas)
te frustras antes
te vuelves más exigente o más demandante
Y eso, paradójicamente, deteriora las relaciones que querías cuidar.
Entonces… ¿qué es el egoísmo sano?
No es poner tus necesidades por encima de todo. No es ignorar a los cdemás. No es hacer lo que te apetece sin pensar.
Es algo mucho más sencillo… y mucho más difícil a la vez: escucharte y responderte con honestidad.
A veces eso será decir que sí. A veces será decir que no. A veces será parar, aunque “no toque”.
Un ejemplo muy cotidiano
Imagínate que llegas cansada a casa. Sabes que te vendría bien darte un paseo, desconectar un poco.
Pero no lo haces. Te dices: “da igual, voy directa, que mi pareja ya está con los niños”.
Llegas.
Y no estás peor solo por el cansancio…Estás peor porque te has dejado fuera.
Entonces:
te irritas más rápido
te molestan cosas pequeñas
sientes que “los demás te quitan”
Cuando en realidad… lo que ha pasado es otra cosa. No te has dado lo que necesitabas.
El giro (pequeño pero profundo)
Egoísmo sano sería algo así:
“Necesito 20 minutos para mí. Luego estoy más disponible.”
No siempre será posible. No siempre será cómodo. Pero cuando ocurre, cambia algo importante: dejas de relacionarte desde la carencia y empiezas a hacerlo desde la disponibilidad.
Lo que suele aparecer al empezar
No suele ser alivio inmediato.Suele ser:
culpa
incomodidad
miedo a decepcionar
sensación de estar “haciendo algo mal”
Y esto es clave entenderlo:
No es que lo estés haciendo mal. Es que estás haciendo algo nuevo.
Volver al cuerpo
Muchas personas no saben lo que necesitan. No porque no quieran… sino porque llevan tiempo sin escucharse.
Por eso, más que pensarlo, a veces hay que sentirlo.
Parar un momento y preguntarte:
¿Cómo estoy ahora mismo?
¿Qué me vendría bien?
Sin responder rápido. Sin hacerlo perfecto.
Solo empezar a abrir ese espacio.
Una idea para quedarte
Cuidarte no te aleja de los demás. Te regula.
Y desde ahí, lo que das ya no sale del esfuerzo o de la obligación…sale de un lugar mucho más limpio.
Quizá no se trata de dejar de ser egoísta.
Quizá se trata de aprender qué tipo de egoísmo estás practicando.
Porque hay uno que rompe. Y hay otro que sostiene.
Y aprender a distinguirlos…es parte del proceso de volver a ti.




Comentarios