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LACTANCIA: CUANDO EL CUERPO TAMBIÉN REGULA EL VÍNCULO

  • Foto del escritor: Iara Martínez de Oliveira
    Iara Martínez de Oliveira
  • hace 17 horas
  • 3 Min. de lectura

La lactancia suele explicarse desde un plano nutricional, pero en la práctica clínica aparece como algo mucho más complejo.

Desde una perspectiva neuropsicocorporal y vincular, constituye uno de los principales sistemas de regulación emocional diádica entre madre y bebé.


Es un espacio donde no solo se alimenta a un bebé, sino donde dos sistemas nerviosos aprenden, una y otra vez, a encontrarse, a sincronizarse y a regularse mutuamente.


En los primeros tiempos, la lactancia no se organiza únicamente por técnica, frecuencia o indicaciones externas. Se organiza también (y de forma muy significativa) por el estado interno.

El nivel de tensión corporal, la historia emocional de la madre, su capacidad de descanso, su grado de sostén y su contexto relacional entran en juego en cada toma.


Del otro lado, el bebé no “solo come”: busca contacto, regulación, piel, olor, calor, ritmo y presencia.

A través de ese encuentro va construyendo su mundo interno de seguridad.


En este sentido, el cuerpo materno y el sistema nervioso del bebé entran en un circuito continuo de co-regulación mediado por la oxitocina (vínculo, calma, conexión), la prolactina (cuidado, disponibilidad), el contacto piel con piel, el ritmo respiratorio compartido, la mirada y el tono emocional.

Es un vínculo en estado puro: corporal, sensorial y profundamente regulador.

La lactancia, por tanto, no solo alimenta. Organiza, en gran medida, el sistema de seguridad del bebé y también el de la madre.


Y aquí aparece un punto esencial que a menudo se pasa por alto: la madre también se regula en la lactancia.

No es únicamente ella quien regula al bebé; el propio acto de amamantar, si está sostenido, también puede regular su sistema nervioso.

La respiración, el contacto, el ritmo compartido, el entorno, todo influye en ambas direcciones.


Por eso no es extraño que en la lactancia aparezca ambivalencia.

Puede haber momentos de ternura profunda y, al mismo tiempo, sensación de saturación o incluso de invasión. El cuerpo está muy disponible, muy implicado, muy solicitado. Y eso tiene un impacto real en el sistema nervioso.

Pueden coexistir placer y cansancio, conexión y agotamiento, ternura e irritabilidad, deseo de contacto y necesidad de espacio. Y no solo pueden coexistir: en muchos casos, coexisten de forma natural.


Esto no indica rechazo hacia el bebé, sino sobrecarga o ajuste del sistema de regulación en un periodo especialmente sensible como es el posparto.

Es importante comprender que la lactancia también supone una demanda para el sistema nervioso materno. El bebé depende de ese contacto para regularse, y la madre, a su vez, atraviesa una etapa de alta vulnerabilidad fisiológica, emocional y vincular. En ese contexto, no es extraño que la regulación sea fluctuante.


Muchas mujeres se angustian ante esta ambivalencia y la interpretan como un fallo en el vínculo. Sin embargo, desde una mirada clínica, esta mezcla de afecto y cansancio no es un error, sino una expresión de un sistema que está intentando adaptarse a una demanda intensa con los recursos disponibles en ese momento.


En el trabajo terapéutico, el objetivo no es “mejorar la lactancia” en términos de rendimiento, sino devolver a la mujer la posibilidad de estar presente sin autoexigencia. Poder sostener internamente una experiencia más compasiva, donde tenga lugar algo como: “esto es mucho, y aun así puedo estar aquí conmigo”.


A veces, pequeñas intervenciones generan cambios significativos.

Durante la toma, apoyar el cuerpo de forma estable, soltar la mandíbula, permitir que la exhalación sea más larga que la inhalación y colocar una mano en el pecho puede facilitar una reorganización interna sutil. No se trata de hacerlo bien, sino de incluirse en la experiencia.


La lactancia no siempre es fácil ni armónica. Pero puede dejar de vivirse como un lugar de exigencia constante para convertirse, progresivamente, en un espacio de regulación compartida posible.


Un espacio donde no hay que sostenerlo todo perfecto, sino donde el vínculo puede ir encontrando, poco a poco, una forma suficientemente buena de estar.



 
 
 

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